"No iba con la intención de subirla [la Montaña Blanca], tanto más cuanto el viento soblaba fuerte y a ráfagas, que es la peor manera de ser soplado cuando se camina. Pero cuando llegué allí, no resistí: desde el principio del mundo se sabe que los montes existen para ser subidos y éste, allí, esperando hace tanto tiempo, hasta había dejado que la erosión lo cavase y recavase, en escalones y hendiduras, en salientes, todo para ayudarme en la ascensión. Me parecía mal volverle las espaldas, por eso subí. Lo peor, como dije, fue el viento. Con los dos pies bien firmes en el suelo y el cuerpo inclinado hacia delante, la cosa no era nada complicada, pero cuando una pierna se levantaba para avanzar el pie, si las manos no tenían a qué agarrarsé, digo que llegué a experimentar algunas veces la inquietante impresión de no tener peso ...
Otra impresión, aún más extraña que ésa (.) fue llegar a unos veinte o treinta metros de la cima y parecerme de repente que la pequeña distancia se había vuelto infinita, imposible de ser traspuesta, no porque la subida fuera más difícil, que no lo era, como luego se comprobó, sino porque la cima del monte, tan próxima, recortada contra el cielo, se presentaba a mis ojos, amenazadoramente, no como el punto que iba por fin a alcanzar, sino como un sitio de paso, de donde tendría que partir otra vez ..."